LA TIENDA DE MIS RECUERDOS.

Su origen se remonta al año de 1932, en la vereda Casablanca, ubicada en las estribaciones de la cordillera oriental, zona del Catatumbo, en una casona enmarcada por cafetales, matas de plátano y potreros para la ganadería. Su misión: servir como un micro centro de mercado para los campesinos y como una actividad laboral para la nueva familia que organizaron mis padres Don Teodoro y Doña Socorro.

En 1948, ante la necesidad de educar a sus hijos, van a vivir a Convención, (Norte de Santander), continuando las labores de la tienda en la calle del Tamaco, hasta 1981 cuando llegan a Ocaña, a la vía central de ingreso y salida de la ciudad, sobre calle de San Agustín; una peligrosa vía, muy congestionada por el tránsito de buses, camiones, taxis, carros particulares, motos, bicicletas y hasta patinetas. Allí estaba el lugar atendido por la abuelita de ojos azules, amable y sonriente.

En la vitrina mostrador se encontraban comestibles para los niños: caramelos, bocadillos y dulces de tamarindo, ariquipes y helados, que cuando disminuían en la venta, regalaba uno a un pequeño con la condición de que se lo comiera ahí, - parado en la puerta - con esto lograba que los transeúntes se antojaran para comprar a los hijos y llevar otros a casa.

En los estantes, se exponían artículos de primera necesidad para vender, desde un cuarto de panela, una onza de queso, un kilo de papa y cereales que pesaba en una balanza o peso colgante de reloj. Hilos o una aguja si era la solicitud del cliente. Cuidaba que no se acabaran los artículos para la alimentación de un hogar: pan, harina para hacer arepas, el café y el aceite para freír. Además tenía productos múltiples de aseo personal: papel higiénico, jabones, máquinas de afeitar, elementos de limpieza del hogar: la escoba, el trapero, el jabón fab, cresopinol y hasta una moto usada de propiedad de su nieto Rubén, que Ella vendió con mucho orgullo.

En las fechas de temporada la tienda se veía surtida para la ocasión: al comienzo del año con el festival de la cebolla y los carnavales, se expendían cajitas de maicena, para alegrar las fiestas, cerveza o licores que se sacaban del refrigerador para consumir en otro sitio. En febrero, lápices y cuadernos para los escolares. En Semana Santa: velas, latas de sardinas y salmonetes. En septiembre papeles de regalo y tarjetas de amor y de amistad. En octubre dulces para el triqui, triqui halloween y en diciembre las luces de bengala, tarjetas de navidad y harina para los buñuelos. Los productos eran empacados en hojas de bijao, cuando la industria del papel para envolver no estaba bien desarrollada y posteriormente, en bolsas traídas de San Antonio de Táchira.

Los productos eran empacados en hojas de bijao, cuando la industria del papel para envolver no estaba bien desarrollada y posteriormente, en bolsas traídas de San Antonio del Táchira. ¡Imposible olvidar la pequeña vitrina en vidrio y tintilla para organizar los medicamentos de primeros auxilios!

Con su convicción cristiana detectaba fácilmente al que pasaba en ayunas, igualmente, premiaba a quien le ayudara a cargar el mercado unas ocho cuadras, entonces solicitaba a Rosa o a Nena quienes vivían con ella, para que les diera algo de comer. La tienda, era un sitio amable, donde se tejían relaciones de amistad, se daba la ñapa y un trato personalizado al que solicitara su atención.

En las paredes, se pegaban propagandas comerciales como: Mejor mejora mejoral, Coca cola la chispa de la vida, pony malta bebida de campeones, Colombiano toma colombiana la mejor bebida, cerveza águila sin igual y siempre igual; que ella organizaba para que llamaran la atención como buenos espacios de propaganda comercial. A un costado de la puerta de ingreso, se acumulaban canastas de cerveza y cajas de cartón, que reutilizaba para enviar encomiendas a los hijos y nietos que estaban distantes, quizás para acercarlos a esa tierra que habían dejado. Más que encomienda, era un guardado de amor de una madre.

Allí, se desarrollaba una economía de barrio, el dinero de las ventas se reinvertía para pagar proveedores y reabastecerla, ¡Si había déficit en la contabilidad! Teresa o Fernel estaban presurosos a auxiliarla.

La capacidad mental de quien la dirigía era de admirar, porque sin calculadora o lápiz hacía cuentas exactas, que le permitieron lucidez mental hasta su último día.

El horario para vender lo daba el cliente, porque si por descansar, a la hora de la siesta o en la noche muy tarde se cerraba la puerta, bastaba pedir por la ventana para cumplir sus necesidades. Los compradores demostraban su satisfacción al ser atendidos con dinero o sin él. Por eso, días después de su ausencia, se halló el cuaderno de deudas por cobrar y favores que la hacían extrañar en toda el vecindario.

Las personas que pasaban por allí, le llevaban noticias, que Ella confirmaba con lo escuchado en la emisora “Radio Catatumbo”, o investigaba con otros clientes antes de aceptar el comentario. ¡Cuál sería su sorpresa en aquella triste madrugada, de un seis de enero, cuando le informaron que dos cuadras abajo en Martinete, un disparo oficial acabó con la vida de un joven inocente, que resultó ser uno de sus nietos, por no atender un toque de queda. O en ese triste medio día, al enterarse que su amado Mario; ese nieto activo, honesto y cariñoso, no volvería cada mañana a saludar, a llevarle los encargos, a contarle de sus pequeños hijos, porque yendo a cumplir sus labores como funcionario de Fedegan en Pailitas, lo acribillaron en un camino de herradura. Desde aquí soportó el tortuoso secuestro de su hijo José de Dios y el maravilloso abrazo de su reencuentro. En el sitio de ventas abrigó a sus catorce retoños, 29 nietos, 1 bisnieto enseñando ética, el valor del trabajo, la constancia y el amor.

La tienda no se libró de la conducta irracional de la guerrilla: en un paro armado le dieron orden de cerrarla o la tumbarían a tiros. Tiempo que aprovechó para descansar en su mecedora, dedicarse a la Oración por ellos, por sus clientes, sus hijos y la población entera. Al pasar los días, los alimentos se hacían escasos, otra vez llegaron los mismos hombres a pedir que les vendiera y que podría abrir para atender a su clientela.

Los 75 años del funcionamiento de la tienda de Mamá Cocó, dejaron lecciones de vida y orientaciones para quienes se forman en mercadotecnia y microeconomía.

Una noche de agosto en 2007 la tienda se cubrió de luto, en la funeraria entre muchas ofrendas florales, se veía una de rosas blancas enviada por la asociación de tenderos de Ocaña, cultivada en el afecto de los clientes y proveedores, indicando que: No se muere, si se vive en el corazón y en la memoria de aquellos a quienes se les ha servido. ¡Esa es la tienda de mis recuerdos!...