UN SITIO DE ENCUENTRO.

Había llegado a la capital de la montaña en 1970, para realizar estudios de postgrado en la universidad de Antioquia.

La ciudad era desde ese entonces Capital económica del país y un lugar apetecido para la realización de congresos académicos y científicos, como el que se realizó en Psicoorientación.

Existía el BAR GANADERO, ubicado en la avenida La Playa con Sucre. Era un sitio de encuentro de comerciantes, ganaderos, comisionistas, que como el joven Luciano, esperaban a los clientes, para ofrecerles, Lotes de ganado, casas y apartamentos. Era el lugar que frecuentaban poetas, escritores y mientras tomaba un tinto, yo esperaba al esposo de una señora inválida, quien pasaba mis trabajos académicos a máquina para presentarlos a la universidad.

Al comienzo del mes de agosto, clientes y transeúntes veían pasar el desfile de silleteros, cargados con hermosas flores, cultivadas en el corregimiento de Santa Helena. El murmullo producido por la conversación de los presentes, se confundía con las arengas de los participantes en el desfile: “Cuando un silletero pasa, es Antioquia la que pasa”.

En un encuentro con el autor de la novela “La Casa de las dos palmas” al referirme al Bar Ganadero, recordó que en una ocasión cuando el narcotráfico imperaba… se armó una balacera, un estudiante de derecho que pasaba por allí con el código de leyes soportado por la mano izquierda a la altura del corazón, se desmayó y cayó al piso, el médico que lo auxilió dictaminó que No Había muerto, porque la bala solo atravesó hasta el segundo capítulo del extenso código de leyes.

Cuatro décadas más tarde, al regresar del funeral de Ceci la esposa de mi hermano Roberto, fuimos al bar, todos teníamos sombreros blancos, parecíamos unos montañeros elegantes que robaban la atención a la clientela, encontré a Luciano estropeado por los años, con la cabeza cubierta por la nieve. Nos saluda y dice: El Ganadero ya no existe, ahora se llama restaurante Apetipan, pero para los clientes, sigue siendo el mismo. Los estaba esperando, porque sabía que ustedes venían de la montaña, a comprarme un apartamento. Fernel se comunicaba con la familia allá en la región del Catatumbo y a voz en cuello les decía, esta es una gran ciudad, es el lugar donde se debe vivir. Si los gobernantes roban dejan algo para construir obras, mientras mi pueblo sigue sin carreteras y metido en un hueco. Ya al atardecer Luciano insistía: No me olviden que yo les vendo hasta el METRO para que lo lleven de regalo a la ciudad de Bogotá. Al final de la tarde, rumbo al Hotel Casa Blanca de Laureles, el taxista giró hacia el Parque Berrío, observamos La Gorda de Botero, dándole la espalda al Banco de la República, tal vez como señal que ni el dinero, ni las cosas materiales le importan, pues era más significativo vivir, para poder construir un mundo en Paz y de Alegría.