EL SUEÑO DE AGAPITO


La semana estaba para terminar, era sábado en la noche y Agapito; fatigado por el intenso trabajo, se dirige a su aposento, no sin antes dar gracias a Dios por las bendiciones recibidas y luego de despedirse de su señora.

Cuando estaba en la etapa profunda de su sueño, se sentía orgulloso de vivir en Colombia: Era el Mejor país del mundo, donde habían elegido como Presidente de la República a un Maestro de Escuela Rural, El Congreso se había transformado en una Institución Educativa, donde los Honorables Senadores recibían clases de Ética y Valores. Además se había decretado para los Magistrados y miembros del Poder Legislativo, salarios equivalentes a la asignación mensual de un docente, de tal manera que el dinero sobrante era invertido en el mejoramiento de la salud, la construcción de escuelas y de viviendas rurales.

También soñaba que en su país ya no había ladrones, gracias a la formación en valores que aprendían en la familia y en las instituciones educativas.

Se vio viajando por las carreteras ahora transformadas en autopistas de doble calzada, con separadores convertidos en bellos jardines; las Tractomulas debían navegar en planchones a través del Rio Magdalena, para facilitar el desplazamiento cómodo de viajeros, turistas y pequeños transportadores.

Se sorprendió, al descubrir que  en los pueblos y ciudades se podía caminar por anchos andenes, encontró edificios de parqueo que garantizaban el derecho a la libre movilización de los peatones.

¡La pobreza ya no existía! porque la Iglesia como Institución política, económica y social, había repartido sus haberes en la clase más necesitada; los Jerarcas, Sacerdotes y Pastores se dedicaban a cumplir su sagrada misión de Evangelizar.

Se observó disfrutando de parques en las ciudades, convertidos en gimnasios y centros de recreación, cuidados por los policías de la esquina transformados en orientadores de la ciudad. Los impuestos se invertían en la pavimentación y ornamentación de las calles en pueblos y ciudades, en los supermercados existían salas de lectura.

Le causó admiración encontrar a los hijos acompañando a los padres ancianos para realizar actividades que dieran salud mental y recreación, ya que por orden del gobierno los hogares geriátricos dejarían de existir, porque se había reglamentado que los hijos y familiares se ocuparían de ellos, tal como los padres lo hicieron cuando sus hijos eran niños.

De pronto, las campanas llamando a misa, a las 6 de la mañana, lo despiertan, se levanta sobresaltado y pregunta a su mujer ¿dónde estoy? Ella de inmediato responde tranquilo Agapito, estás en la tierra de poetas y escritores, donde Bolívar un día soñó convertirla en  Capital de la nación.

Agapito relató para ella su fantasía, sintió tristeza al comprobar que seguía viviendo en el mismo país desordenado. No te afanes, sigamos con la misma ilusión, que con la fuerza de los sueños de todos los inconformes, la ayuda de Dios y de la Linda morenita del Alto de Torcoroma, lograremos que Colombia se transforme en una Patria con justicia social, para dejarle a los hijos y nietos una tierra en Paz, donde valga la pena vivir.