UNA CAPILLA EN EL CAMINO

 

     DANIEL QUINTERO TRUJILLO

    ESCRITOR DE CUENTOS CORTOS

 

    En un viernes del mes Agosto,  cuando el reloj señalaba la una de la tarde, había llegado al sitio donde  se levanta el monumento a los valientes Lanceros.

    Cerca de la heladería, mientras disfrutaba de un café, se me acercó un respetable señor de tez blanca, su cabeza encanecida, gruesos anteojos, de nombre Ignacio que me  pregunta ¿Amigo a dónde se dirige? Respondí como turista: por este camino... De inmediato me indico que sí seguía por la montaña, encontraría bellos paisajes que darían tranquilidad a mi espíritu. Me despedí, subí por una carretera destruida. Ya en la ruta contemplé la naturaleza  adornada de árboles, potreros inmensos hacia la loma, cubiertos de pasto corto, matorrales, pocas cercas divisorias de las fincas y agricultores con su yunta de bueyes para arar la tierra y prepararla  para el cultivo; en la distancia, los pastores cuidando sus ovejas, los niños  que al salir de la escuela, caminaban rumbo al hogar; algunas casas campesinas que con el humo de los buitrones, indicaban  la hora del almuerzo.

    En una curva del camino, detuve el vehículo para observar una  capilla doctrinera, cuyo diseño como de cuento – Estaba pintada de blanco, con su campanario pequeño y adornada con una cruz en la pared exterior –  Por dentro: El Altar con un Crucifijo, recordando la vida del gran Maestro del Amor,  que a pesar de las ofensas  y caídas con la Cruz, perdono a sus verdugos y se encomendó al Padre Eterno. Para Resucitar Glorioso de entre los Muertos.

    En una de las bancas, dos ancianos en silencio oraban. La capilla era su sitio de refugio, que ante los problemas cotidianos,  recurren para encontrarse con Dios, van a dejarle sus angustias, pedirle protección, bendiciones para la familia, para los frutos de la tierra y escuchar fervorosos el Santo Evangelio como una lección de vida cristiana que nos enseña el amor.

    En el momento de reanudar la marcha… Apareció un jeep con altoparlante invitando a los habitantes a reunirse en el sitio  para  la celebración mensual de la Eucaristía. Enseguida, observamos por los caminos y los filos de las montañas como un hormiguero, era el desfile de adultos y pequeños, todos los pobladores de la zona venían dispuestos a participar de la  Santa ceremonia.

    Ignacio, el amigo que horas antes había conocido, descendió del automotor con maletín en mano, se dirigió a la Sacristía para vestir los hábitos del Oficiante y dar comienzo a la celebración religiosa con el cántico de entrada: Cantando, vienen con alegría, Señor, los que caminan por la vida. Sembrando tu paz y amor. En la homilía exhortó a los asistentes para que permanecieran en la fe, confiando en Dios que todo lo puede, porque quien a El acude, nada le falta.

    Cuando la Misa terminó con la bendición de despedida, los asistentes se acercaron para agradecer a Monseñor Avella por su visita  y manifestar la alegría de haber escuchado la palabra de Dios, que para ellos, era reconfortante por ser la única posibilidad de encontrar alivió ante el abandono en que permanecen. Cada uno desfila a su casa, dejando en el altar las oraciones, únicas armas de poder del campesino que sueña con un nuevo amanecer.

    De regreso a mi hogar y durante la travesía, me acompaño la imagen de esa capilla doctrinera, que al igual que el monumento a los Lanceros, son símbolos de fortaleza de un pueblo, que a diario lucha, para destruir la pobreza, confiando que Dios desde el Cielo, les haga el milagro de poder  disfrutar de salud, paz, dignidad social y espiritual. Ojalá en el campo, se obtenga por fin un pacto agrario que conduzca a sus habitantes a un desarrollo rural integral.

 

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    Finca la Cuadra.

 

    Firavitoba, abril 9 de 2014.