¡CON LOS PIES EN LA TIERRA!

 

 Nací en una vereda de mi extensa Colombia, heredé la tierra de mis padres y ellos de mis abuelos, me bautizaron para hacerme un buen cristiano y desde pequeño aprendí la labranza. Con el azadón, la pica y la pala, rasguño la tierra; mis manos se vuelven gruesas y con callos, pero habrá agua y jabón para lavarlas antes de ir a la mesa. La yunta de bueyes está disponible, para ararla hasta sudar la gota con arduo trabajo, algunas veces tengo que utilizar el tractor para esos menesteres, me acuesto cansado pero satisfecho.

 

Cuando bajo al pueblo, visto con pantalón de dril, camisa blanca, sombrero de jipa y la ruana hecha con lana de oveja en el telar de casa y con mis alpargatas que también son símbolo de mi idiosincrasia.

 

Al amanecer, pido protección a Dios y le ruego por el tiempo: ¡Señor,  que llueva, que llueva…! Porque los cultivos deben darnos frutos y en el almanaque Bristol nos dicen que Viene el verano.

 

Mi casa es sencilla, ordenada y limpia, con un comedor que luce su mantel a cuadros, la cocina echa humo indicando que hay algo para servir a la mesa. Al día siguiente, tengo que bajar al pueblo: Los caminos que me llevan son muy culebreros, encharcados cuando llega la lluvia y polvorientos o con huecos si la temporada es seca.

 

Carezco de salario, seguro de cosecha, protección para la salud, no tengo pensión; trabajo hasta el cansancio con los pies en la tierra y en compañía de mi asno que transporta la carga, me dirijo al mercado hablo de mis dichas y penas con otros amigos, buscando encontrar un gobierno que piense en nosotros y que no nos mientan. En la sociedad, estamos aislados. Los políticos nos tienen en cuenta, en aquellas épocas para que votemos por los senadores, consejos o la Presidencia, después nos olvidan y promulgan leyes que matan los sueños para vivir con dignidad como seres humanos. ¡Esto da tristeza!

 

Solo la pequeña familia, los árboles, las flores del campo, el trinar de los pájaros y la compañía de los animales nos hacen felices. La televisión no existe por estas montañas,  esperamos el sol que nos da la energía y en las noches oscuras brillan las estrellas, en muy pocos días llegará la luna para iluminarnos y escuchar en coplas todo lo que piensan la señora y los hijos. Con garbo le grito al que pasa, allá abajo, por ese camino: “Amigo cuando usted regrese, entre por acá, ésta es su casa”. Eso sí, nos acostamos sin hambre, porque la parcela nos da la comida, bajamos del zarzo una parte de la cosecha de maíz y trigo. Pilamos los granos, molemos y lo sancochamos, comemos arepas o el pan que es más fino, la leche no falta, ni el queso, la fruta, el tocino, los huevos todo es bendecido.

 

Como campesinos: Somos solidarios, humildes y honrados, respetamos la ley. No me importa si me dicen labriego, pues de allí venimos, dependemos del campo y por eso, cuidamos muy bien la parcela. Cantamos un himno que reza: “Amo al prójimo, trabajo la tierra por mi patria, por mi familia que deseo que crezca en paz con la vida y la naturaleza”.

 

@daniquinterot

 

Finca la Cuadra. Firavitoba septiembre 6 de 2013