EL CELADOR DE LA HUERTA

 

Ha llegado la última semana de febrero y Don Carlos J. comienza a preparar la tierra para hacer sus cultivos. La deshierba, hace el movimiento de la misma, para que quede suelta y proyecta los surcos, que han de servir para identificar los cultivos de una misma especie, el aparcero, que iba pasando por allí, le manifiesta su satisfacción por ese trabajo que realiza y le dice: “Hay que sembrar antes de marzo, para llevar cosecha al zarzo”. Los dos hacen oración pidiendo a San Isidro Labrador, que interceda ante Dios, porque haya buen tiempo. Enseguida, comienzan a sembrar algunos granos de maíz con  fríjol, semillas de lechuga, cilantro, papa y una extensión mayor con surcos de cebolla, como cultivos de pan coger que garantizan el derecho de la seguridad alimentaria de su familia, así llevar comida a la mesa y vender lo que les sobre, para ayudar a la economía familiar.

 

Como técnico agrícola sabe que debe controlar las plagas desde el comienzo, ha sembrado alrededor de la huerta, plantas de tabaco, ortiga y ruda así tendrá una agricultura limpia y libre de químicos.

 

Un problema que tiene que solucionar es evitar que los pájaros que abundan en tiempos de siembra terminen con las semillas, para ello ha construido un espantapájaros, como celador sin sueldo, para que en la mañana y en la tarde ahuyente la aves y en las noches asuste a los ladrones de cosecha. Lo construye con un pantalón y camisa vieja que rellena con: paja, medias y franelas, le pone como cabeza una bola de icopor, le traza la boca, inserta botones en los ojos y larga nariz con un palo redondo, los cabellos con lanas de oveja negra, le coloca un sombrero roto y le construye los brazos con una vara horizontal, para que permanezcan abiertos, en los extremos agrega guantes, ata a un palo su cuerpo para ubicarlo en un sitio  estratégico.

 

Cuando los niños de la escuela pasan cerca de la huerta, disfrutan mirando al muñeco inmóvil, se ríen de los pájaros que en su vuelo, se reversan sin  tocarlo, buscando árboles alrededor, para picar frutos. El sembrador se tranquiliza, solo queda pendiente de otras etapas del cultivo: germinación, trasplante, aporque, deshierba y riego, tan necesarias para que se dé el cultivo.

 

Todos los días después del ordeño, revisa su huerta y observa las hojas verdes y el crecimiento vigoroso del sembrado. Ha llegado la recolección, se siente orgulloso, porque gracias a su trabajo tesonero al buen tiempo y al espantapájaros, las semillas se han multiplicado.

 

En el momento de la recolección, el muñeco de trapo es llevado a la hoguera donde se asan papas y mazorcas que comerán en la huerta como tradición del cosechero. Mientras degustaban los frutos llegó un pájaro ciego, que siempre venía a ese huerto a comer semillas, sin que el espantapájaros, le pronunciara palabra alguna, escuchó que lo habían quemado, emprendió el vuelo a buscar a otros pájaros y dicen que sus hermanos gualíes, se vistieron de negro, haciendo duelo por la muerte de ese amigo que dejó comer al pájaro ciego…

 

Ahora Don Carlos J. aprovecha la hora del almuerzo degustando con su familia los frutos de la tierra, para dar a los hijos otra lección de vida y les dice: “Aquí sembramos amor para cosechar felicidad” se acepta el comentario y se bendice la mesa.

 

@daniquinterot

 

Bucaramanga, septiembre 17 de 2013.