EL CABALLITO DE PALO

Aquiles era un niño pobre que cada año en los carnavales veía desfilar frente a su casa la cabalgata infantil, un día dijo a su madre: “Yo quiero tener un caballo de madera para cabalgar” No te afanes hijo, un día de estos el Niño Dios te lo va a regalar.

 

Al siguiente año, en las fiestas patronales, el desfile de los jinetes estaba pasando frente a su residencia, al observarlo gritaba: ¡Mira Mami, allí viene la cabalgata… mira son mis amiguitos, yo no los puedo acompañar… Ella en un acto de astucia y de heroísmo, sale a la calle hizo detener el desfile, invitó a los chicos a degustar un refresco y para que se demoraran más, les ofreció una galleta negra llamada Cuca, tiempo que aprovechó para coger el caballito de Arturo, el hijo del gamonal del pueblo y le sirviera de modelo para fabricar uno a su pequeño.

 

Mientras los niños descansaban, llamó a su hija Anarosa, experta en el arte de la costura, para que le ayudara: Tomó un media, la rellenó con retazos de trapo, contorneó la cabeza, le puso orejas, ojos de botones y con una cabuya le hizo la comisura de la boca, la crin y las riendas con los hilos que sobraban, luego la encabó en el viejo palo de la escoba.

 

En el  momento en que la banda municipal entonaba la Marcha de Troya, evocando el gigante de madera de los antiguos griegos, el desfile continuó con un Nuevo Caballo y su Jinete; los niños lucían sombrero y poncho, zapateaban imitando el chirrear de las herraduras, gritaban: Arre, arre caballito y en el ambiente se escuchaba el relinchar, pero había uno muy fuerte, era el de Aquiles que le gritaba  a su mamá “Arre, arre ahora voy feliz, arre, arre caballito…”

 

Los espectadores disfrutaban el evento, adornado con luces de bengala que dibujaban formas de mariposas de colores, y estaban muy pendientes de las piruetas de un caballo relinchón que al pasar por el jurado, le otorgó al niño Aquiles ¡El premio ganador!, por llevar el caballito más hermoso y más original.

 

Al terminar el evento, el niño corre al galope imitando el relincho de un caballo brioso, busca a sus padres que lo esperaban, se lanza a los brazos de su madre y entregándole el trofeo, le arrancaron lágrimas con sabor a gloria, toma un pañuelo para secarlas y le dice a su esposo: “Ya nuestro hijo es un buen jinete, puede cabalgar y cuando la vida le vaya a corcovear,  sabe agarrarse con firmeza de las riendas sin que se deje tumbar.

 

Los asistentes comentaron al final que en las cabalgatas infantiles, los caballitos de los pobres y de los ricos son iguales porque están elaborados con el cariño de una madre.

 

@daniquinterot

 

Finca La Cuadra. Firavitoba, agosto 18 de 2013