DENUNCIEMOS A LOS LADRONES


Las fiestas patronales están próximas a su inauguración y en el café del parque, se escucha el eco de las críticas de los clientes a la Administración Municipal: unos se quejan del mal estado de las calles y de las obras públicas de acueducto y alcantarillado planeadas sin ejecutar; otros dicen es un vergüenza para los turistas, encontrar un pueblo en el abandono. Doña Custodia dueña del café agrega: ¡Todos hemos pagado los impuestos y no se ven las obras públicas por ninguna parte! Estos comentarios son interrumpidos por el Altoparlante de la Parroquia que alerta a los habitantes estar atentos a una banda de ladrones que ronda por el pueblo, listo a saquearlo y se agrega que la Policía ofrece una recompensa de cinco millones de pesos a los que den información confiable que sirva para detener a los amigos de lo ajeno.

Al otro lado del río, estaba Don Justiniano: Hombre trabajador, honrado y cumplidor en el paga de sus obligaciones tributaria, recostado en la puerta de su residencia; al escuchar esta información, se dijo para sí: “Por fin van a detener a esos bandidos” entra a su casa para ponerse la ruana, arreglar su perfil y llenarse de valor para ir a la policía a denunciar a los saqueadores y de paso ganarse la recompensa. Camina unas cuadras, atraviesa el parque y al estar frente al palacio de gobierno, manifiesta al Comandante que tiene una buena noticia. ¿Cuál es? Enseguida expresa que va a denunciar a la banda de ladrones. Le llaman al Inspector y en términos de segundo se toma la Declaración, bajo la gravedad del Juramento. Afirma que los saqueadores de mi pueblo están enjaulados. ¿Cómo así? Dice el Inspector, ¿Usted los tiene detenidos? No, replica el acusador y complementa: ellos están recluidos en ostentosas oficinas, que investiguen a los señores que año tras año nos gobiernan, son ellos los que nos han robado la esperanza de ver un pueblo con progreso. Al escucharse dicha afirmación, las autoridades se enfurecen y ordenan callar al declarante. Un alguacil le pone los grilletes en las muñecas de su mano, lo acusan por calumnia e irrespeto a la autoridad. Mientras esto sucedía los transeúntes detienen su marcha para contemplar a Don Justiniano ahora cabizbajo, lo saludan sin respuesta, se retiran, para informarle al señor Cura y a todos los que se atraviesan por las calles que han detenido al jefe de la Cuadrilla de Ladrones.