CONTANDO CALENDARIOS

 

Por la época de Semana Santa, las familias embellecen el frente de sus casas, era la exigencia por las diferentes procesiones que el Sacerdote organizaba con un recorrido por las calles principales. Los habitantes de la región se aprovisionaban de enlatados traídos de Venezuela, porque es de recordar que la Iglesia Católica en sus preceptos ordenaba No cocinar, ni trabajar en el día Viernes de “La  Crucifixión”.

 

A las 12 del día,  Radio Sutatenza comenzaba a transmitir el sermón de las Siete Palabras, que solo terminaría a las 3 de la tarde, por lo tanto el almuerzo debía iniciarse una vez concluida esa ceremonia, cada chico y cada adulto recibía una lata de sardinas, dos cebollas picadas, un pan grande y una taza de café negro, así se cumpliría con la abstinencia y el sacrificio de acompañamiento en la muerte de Jesús.

 

Entre sus habitantes estaba Cayetano, hombre rudo y trabajador, dispuesto a colaborar donde lo necesitaran, caminaba por esas subidas empedradas con un balde,  un palustre e incluso la escalera al hombro, que raía la tela de su camisa amarillenta, no le faltaba su sombrero de jipi-japa, “Tano, vení”  le gritaban de alguna casa, vuelvo en una hora, subo a la plazuela y de bajada entro; algún grito de los niños alborotaba  los habitantes del barrio, era causado por el maullido fuerte de un gato Miauuuu. Sonido que el albañil realizaba con destreza, esto le causó muchos problemas, incluso en una ocasión lo metieron a la cárcel por asustar a una niña. 

 

Al llegar a la casa donde lo habían contratado, el propietario analizaba que podía accidentarse con la escalera y decía: ¡hombre Tano! cuidado te caés… ¿cuántos años tenés vos? Y él jocosamente contestaba: Don Espíritu, ya me he comido 70 portolas y tengo fuerzas para comerme otras 10, si el Crucificado me colabora…. Efectivamente fueron muchos más los años que siguió trabajando y desde entonces se cambió el Calendario Cristiano por la contabilidad de las Portolas. Que se hicieran famosas desde 1895 en memoria del capitán Gaspar de Portolá que fue el fundador de Monterey, California. Allí comenzó el proceso de enlatado y conservación de la sardina que es un pescado azul graso, de gran alimento; utilizaron recipientes largos, ovalados, con sello rojo que aún se conserva y logra convertirse en la comida típica e indispensable  de la Semana Mayor.